Ese que esta ahí soy yo.

Como toda esta gente estoy esperando que pase el metro, el cual no ha pasado desde hace ya 15 minutos.

La razón de esto no la se.

Creo que ninguno de los que me acompañan la sabe.

Lo único de lo que tenemos certeza es que cada vez somos mas los que estamos esperando.

Entre mas gente se acumule mayor será el calor que habrá que soportar. Entre mayor sea el calor mas complicada será la espera.

 Sin embargo una ecuación tan simple como esa no parece importarle a los que controlan el flujo de este medio de transporte.

O quizá si les importe  y todo esto de verdad sucede por un acto de fuerza mayor, por algo que esta fuera de sus manos y a lo que tan solo pueden responder con una resignación profunda y una mirada agónica.

Si, eso podría ser.

Si no fuera por que es un acto que se repite constantemente y uno no tuviera el referente de que “en otros países” el metro es mas eficiente, uno se vería forzado a creerles a todos esos hombres de traje que en su oficina aclimatada aguardan sin ofrecer ninguna explicación.

 Sabemos que  las comparaciones son malas, pero de alguna manera son necesarias.En muchas ocasiones son el bálsamo perfecto para evitar sentirnos completamente responsables de algo que sucede a nuestro alrededor.

En este caso, comparar este servicio con el de un país primer mundista será para muchos un tema de conversación viable en el momento en que logren llegar a su destino.

Ni siquiera tendrán que justificar el hecho de que ellos mismos han viajado a un país primer mundista porque en muchas ocasiones eso no es necesario.

Uno intuye que así debe ser.

Porque de otra manera no podrían ser países del primer mundo. Ni podrían ser mejores países que este.

Es una cuestión de lógica elemental.

 Algo gracioso es que  si se  valorara nuestra prisa por llegar con relación a la importancia de lo que vamos a hacer llegando a nuestro destino, el resultado podría incluso parecer justo.

 Quizá no deberíamos tener tanta prisa.

 Sin embargo por el bien de la humanidad esta valoración nunca se hará, porque eso sería meterse con el “aparente” derecho universal de que cada uno puede hacer con su tiempo y su vida lo que quiera y eso es imperdonable.

Inclusive en los países del tercer mundo (¿todavía existe esta expresión?) o del nivel de mundo al que pertenezcan.

 Si se quiere llegar a casa a ver series extranjeras, deportes o películas por cable es tan valido como cualquier otra acción.

Pues de que otra manera podríamos saber como viven en las grandes ciudades.

 A diferencia de otras personas yo se que no tengo prisa.Esta vez nadie me espera y mi rutina de regresar a casa después del trabajo consta de elementos muy sueltos e intercambiables.

Sin embargo el paso del tiempo sigue y el aburrimiento general me comienza a embargar.

Por eso comienzo un juego que consiste en tratar de formular preguntas tan generales como:

 ¿Cuantos de los que están aquí llevan mas de un año sin novia o novio?  

 ¿Cuantos estarán escuchando la misma música en este momento?

Entre otras del trivialidades del estilo.

 Al final no importan las respuestas.

Lo interesante es intuirlas en este espacio.

 Pues mas allá de nuestras individualidades todos estamos aquí por algo en lo que al parecer no podemos interceder.

 El metro llega después de 22 minutos y la gente que esta arremolinada alrededor de las puertas comienza a forzarlas para que se habrán, pues una vez mas, algo o alguien decidió no abrir.

¿Cuantos habremos nacido por cesárea?

Sería una pregunta indicada mientras todos parecemos abrirnos paso al interior de esta “vida” que simula el vagón del metro. Todo parece resumirse a que al final con un esfuerzo extra, lo importante es ya estar aquí.

Aunque haya que esperar mucho mas tiempo para saber a donde se quiere ir y porque se quiere llegar.

 

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